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Lo bueno (y malo) de ser pequeños

El vivir en una isla tan pequeña como la nuestra, es conveniente en muchos aspectos, pero a la vez perjudicial en tantos otros. De hecho, los mismos aspectos que hacen bueno el hecho de que nuestros límites sean accesibles para todos, lo hacen a la vez malo. Explicaré este revolú antes de que me confunda yo.
Cuándo en Puerto Rico un hombre asesina sin piedad a su familia entera porque su ex esposa decidió tener una cita con otro hombre, todos nos enteramos, todos lo condenamos y todos nos solidarizamos con quien sufre. Nadie puede silentemente asentir que una situación similar suceda. Lo leemos (lo escuchamos y lo vemos), lo conversamos en nuestros trabajos y con nuestras familias y a una sola voz crucificamos simbólicamente a quien ofenda los “valores” de nuestro pueblo. Si un político, aunque sea de poca calaña,  decide embolsillarse $250 (públicos) para pagarle una cena a la “chilla” en algún hotel, nos indignamos, nos identificamos, y lanzamos nuestro juicio global al unísono.
Esto está muy bien. Que nuestra sociedad, por el hecho de compartir un espacio físico pequeño, pueda estar al tanto de lo bueno y de lo malo que pase, no puede resultar en nada más que mayor fiscalización a nuestros funcionarios electos y mayor miedo para los individuos de entrar negativamente a la opinión pública. Súper.
En cambio olvidamos que mientras somos solidarios y hablamos con una voz para aspectos de importancia social (local), no nos percatamos de que fuera de nuestras fronteras ocurren cosas similares, peores y mejores, de las cuales no tenemos, ni parecemos querer, información. Está claro que no me invento yo esto, ya lo dijo Pedreira en su lapidario libro “Insularismo” que el no ver fuera de nuestras fronteras nos afectaba en nuestra conducta, comportamiento y actitud hacia la vida. Y es cierto.
Por eso es importante que hoy, teniendo al click de una tecla acceso a literalmente todo el mundo, no nos olvidemos de que aquí ocupan Villas del Sol, pero que mientras en México millones habitan ilegalmente (no tienen casa) un enorme lugar llamado Neza-Chalco y que en Favelas (otros asentamientos informales o ilegales) por todo Brasil cada año aumenta la población de ciudadanos pobres y sin lugar legal en donde habitar. Que mientras aquí queremos poner una silla gay (poner link) para complacer a una parte de la población, en Argentina se legaliza la posesión de la marihuana y en España se hacen ilegales las bolsas plásticas.
Queremos y tenemos que hablar de lo que sucede aquí, hasta lo que pasa dentro de una barra, es importantísimo. Pero también es importante conocer todo lo que afecta a la humanidad completa, porque qué somos nosotros, si no un pequeño, pero pequeño (bien pequeño), grupo de ella.

El vivir en una isla tan pequeña como la nuestra, es conveniente en muchos aspectos, pero a la vez perjudicial en tantos otros. De hecho, a veces los mismos aspectos que hacen bueno el hecho de que nuestros límites sean accesibles para todos, lo hacen a la vez malo. Explicaré este revolú antes de que me confunda yo.

Cuando en Puerto Rico un hombre asesina sin piedad a su familia entera porque su ex esposa decidió tener una cita con otro hombre, todos nos enteramos, todos lo condenamos y todos nos solidarizamos con quien sufre. Nadie puede silentemente asentir que una situación similar suceda. Lo leemos (lo escuchamos y lo vemos), lo conversamos en nuestros trabajos y con nuestras familias y a una sola voz crucificamos simbólicamente a quien ofenda los “valores” de nuestro pueblo. Si un político, aunque sea de baja calaña,  decide embolsillarse $250 (públicos) para pagarle una cena a la “chilla” en algún hotel, nos indignamos, nos identificamos, y lanzamos nuestro juicio global al unísono.

Esto está muy bien. Que nuestra sociedad, por el hecho de compartir un espacio físico pequeño, pueda estar al tanto de lo bueno y de lo malo que pase, no puede resultar en nada más que mayor fiscalización a nuestros funcionarios electos y mayor miedo para los individuos de entrar negativamente a la opinión pública. Súper.

En cambio olvidamos que mientras somos solidarios y hablamos con una voz para aspectos de importancia social (local), no nos percatamos de que fuera de nuestras fronteras ocurren cosas similares, peores y mejores, de las cuales no tenemos, ni parecemos querer, información. Está claro que no me invento yo esto, ya lo dijo Pedreira en su lapidario libro “Insularismo” que el no ver fuera de nuestras fronteras nos afectaba en nuestra conducta, comportamiento y actitud hacia la vida. Y es cierto.

Por eso es importante que hoy, teniendo al click de una tecla acceso a literalmente todo el mundo, no nos olvidemos de que aquí ocupan Villas del Sol, pero que mientras en México millones habitan ilegalmente (no tienen casa) un enorme lugar llamado Neza-Chalco y que en Favelas (otros asentamientos informales o ilegales) por todo Brasil cada año aumenta la población de ciudadanos pobres y sin lugar legal en donde habitar. Que mientras aquí queremos poner una silla gay para complacer a una parte de la población, en Argentina se legaliza la posesión de la marihuana y en España se hacen ilegales las bolsas plásticas.

Queremos y tenemos que hablar de lo que sucede aquí, hasta lo que pasa dentro de una barra, es importantísimo. Pero también es importante conocer todo lo que afecta a la humanidad completa, porque qué somos nosotros, si no un pequeño, pero pequeño (bien pequeño), grupo de ella.

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Written by oajvelez

Escritor y copywriter radicado en San Juan de Puerto Rico. Especialista en nada, práctico en todo. Colaborador en QiiBO y recientemente a cargo de ElVocero.com. Que viva la fiesta.

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