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Crítica de Dolemite is my Name: Eddie Murphy ha vuelto | QiiBO

Crítica de Dolemite is my Name: Eddie Murphy ha vuelto

“¿Cómo fue que mi vida se hizo tan pequeña?” – Así pregunta Rudy Ray Moore (Eddie Murphy), tanto a la persona que le habla, como a sí mismo, durante el primer acto de Dolemite is My Name, la fantástica nueva película original de Netflix estrenando hoy.

Eddie Murphy ha regresado. En realidad nunca se había ido, solo se tomó un descanso para ser la voz de un burro, una familia de flatulentos gordos, y unos cuantos fracasos, aparte de un premio Oscar no alcanzado. El Eddie Murphy de los 80’s, el imprudente, atrevido y pionero de Coming to America, Trading Places y Beverly Hills Cop resurge para encarnar uno de los creativos más extraño y poco convencionales que ha existido. Y en la industria del cine eso es bastante decir.

Me da una vergüenza infinita no haber sabido quien era Moore antes de ver Dolemite is My Name, todavía más al enterarme que es considerado el precursor del hip-hop, e influencia de cineastas como Quentin Tarantino, Robert Rodríguez y el mismo Murphy.

Pasados sus 40 años, Rudy ha fracasado en todo lo que ha intentado, y el único rastro que queda de sus sueños es cinco minutos de mala comedia entre bandas en un club nocturno. Su segundo trabajo aparte de ser asistente de gerente en una tienda de discos. La salvación llega del lugar menos pensado: un vagabundo interpretado por Ron Cephas Jones, repleto de historias, chistes y referencias a un personaje folclórico llamado “Dolemite”.

Rudy recoge todas las crónicas posibles de Dolemite que puede conseguir entre el deambulante y otros abandonados, para adaptarlo y convertirlo en su propio personaje: un proxeneta con la boca más sucia que cloaca de ciudad. Dolemite es un éxito inmediato llevándolo por varios clubs de comedia en distintas ciudades. Rudy graba su propio álbum de comedia y cuando decide hacer la película de Dolemite, no consigue ninguna casa productora que lo quiera ayudar. Acostumbrado a los “no”, Rudy decide hacerlo el mismo, junto a sus amigos, y muchas ganas de verse en la pantalla grande. En una era donde un hombre negro siempre hacia de villano, sirviente, o extra en el fondo, Rudy aprovechó la moda del “Blaxploitation” para conseguir su pedazo del pastel.

El director Craig Brewer (Hustle & Flow) nuevamente presenta la crónica de un improbable luchando por sus sueños, combinado con la energía cinética del guion escrito por Scott Alexander y Larry Karaszewski, dúo con su propio resume lleno de despreciados como Ed Wood, The People vs Larry Flint, y Man on the Moon. Al igual que todas las anteriores, Dolemite tiene, primero que todo, mucho cariño por sus personajes y ganas de contarnos su historia, con la gran fortuna de tener a Eddie Murphy liderando con todo su talento y carisma un elenco compuesto por crema: Keegan-Michael Key, Kodi Smit-McPhee, Mike Epps, Tituss Burgess, Da’Vine Joy Randolph y el gran Wesley Snipes

Dolemite is my Name es un tributo a Moore y su ganga de inadaptados, como también un tributo a los soñadores, los extraños y los descartados. Esto es una película para aquellos, actores, músicos, poetas, comediantes, bailarines, que aguantamos incomodidad, dificultades, horas de viaje, malos ratos y ansiedad –todo con una sonrisa- por la promesa de esos gloriosos minutos en un escenario, compartiendo arte.

La mayoría del filme ocurre detrás de las cámaras, viendo como Rudy consigue el dinero, el guion, y hasta director para su película. El primero sale de el mismo, el segundo es un cursi escritor de teatro social (Key), y el tercero es encarnado por nada menos que Snipes, robándose todas sus escenas como D’Urville Martin, un actor con demasiado ego gracias a algunos trabajos en filmes respetables.

Murphy asume la piel de Moore con una aparente inacabable fuente de positivismo, con la que también tapa niveles de emoción. Rudy no habla de su niñez pero las cicatrices están ahí. En más de una ocasión la sonrisa de Murphy dice una cosa, mientras los ojos dicen otra, batallando contra cada inconveniente, cada negativa, cada rechazo.

Quizás debería ser más exigente con Dolemite is my Name, la cual evita reflexionar en el tipo de comedia que Moore hacía, sexista, racista, clasista, definitivamente prohibida dentro de la sensibilidad moderna. Quizás debería pedirle profundizar mas en los efectos causados en la vida de sus leales seguidores, o hasta el mismo.

Pero no pude. Admito haber caído bajo el hechizo de Murphy como Rudy; su contagiosa sonrisa, su energía y ganas de triunfar, y su resistencia a dejarse derrotar por un mundo entero diciéndole que no debía estar allí. A mí también me han dicho que no pertenezco a donde esté parado.

Dolemite is my Name es el regreso triunfante de Eddie Murphy, y la presentación de una era ya desaparecida, a nuevas generaciones que podrán apreciar una de las fuentes de donde vino lo que tenemos hoy día.

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