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Crítica de Ghostbusters: Afterlife

Si el fantasma de la nostalgia continúa flotando entre nuestra era de secuelas, revisiones y remasterizaciones, Ghostbusters: Afterlife simultáneamente lo atrapa y lo deja salir con la fuerza de mil ectoplasmas. No solamente por ser la tercera película en una amada franquicia, sino por manifestar el espíritu de aventura, descubrimiento, y maravilla que permeaba esas películas con las que muchos de nosotros crecimos. Si, definitivamente me encantó Ghostbusters: Afterlife.

Pasando por un duro momento, Callie (Carrie Coon) es una madre soltera teniendo que abandonar su hogar en la ciudad junto a sus hijos Phoebe (McKenna Grace) y Trevor (Finn Wolfhard) para vivir en una pequeña granja dejada por su padre Egon Spengler (el gran Harold Ramis), quien misteriosamente abandonó su familia, amigos y trabajo por razones desconocidas. No toma mucho tiempo para que Grace comience a descubrir los secretos del pasado mientras empiezan extrañas ocurrencias que cambiarán la vida de todos, incluyendo a Podcast (Logan Kim) el nuevo amigo de Grace, su maestro, el señor Grooberson (Paul Rudd), y Lucky (Celeste O’Connor), la compañera e interés amoroso de Trevor.

Ghostbuster: Afterlife es el filme más personal del director Jason Reitman (Juno) en más de una forma; su padre, el legendario Ivan Reitman, dirigió las primeras dos películas de los Caza-Fantasmas cuando Jason era un niño, creciendo entre los plató de ambos filmes, ahora aprovechando la oportunidad de rendir cariñoso tributo a Ramis, co-escritor de estos, demostrándolo especialmente con Grace, interpretada fantásticamente por McKenna. La chica es la única de la familia con habilidad y amor por las ciencias y la exploración, exhibiendo esa filosa curiosidad por entender el mundo (y más allá) que en tantos alocados problemas metió su abuelo y compañeros.

La primera mitad de Ghostbusters: Afterlife fue mi favorita, pues Reitman toma su tiempo desarrollando los personajes con mucho humor y emoción – no tengan duda: Ghostbusters: Afterlife es una comedia. Una vez encariñados con ellos, comienza la parte más débil del filme pues el guion cae duramente en la trampa de hacer tantas referencias a la original que olvida darnos algo original.

Pero a mí no me importó. Estoy consciente de sus debilidades pero la pase tan bien, me reí tanto y me dio tanto sentimiento el tercer acto que, sabiendo lo que Reitman estaba haciendo, como quiera me dejé llevar, y esa es la mejor manera de disfrutar Ghostbusters: Afterlife. Como un querido amigo de la niñez que no parece haber cambiado mucho, pero los recuerdos del pasado son tan agradables que soy feliz pasar ese rato con él.

Después de 30 años esperando por ella, Ghostbusters: Afterlife nos da lo que queríamos ver, mientras me dejó con ganas de ver lo próximo. ¡Fantasmamente recomendada!

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