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Crítica: Belfast es un emocional regreso a casa

Cuando le preguntaron a Kenneth Branagh si temía regresar emocionalmente a esos primeros años presentados en Belfast, un filme basado en su propia experiencia, dijo que desde niño aprendió que la vida era complicada con problemas, sin embargo uno disfruta lo más que pueda, brega con la situación, y continua su camino sin mirar atrás, porque esa es “la manera irlandesa”.  No puedo menos que identificarme hasta cierto nivel porque, aunque soy privilegiado de no haber pasado por una guerra civil, entiendo bien el sentimiento de “sigue pa’ alante, que más adelante hay gente”.

También comprendo muy bien el inmenso esfuerzo de padres tratando de darles la mejor vida posible a sus hijos dentro de una crisis, porque lo vi con mis propios ojos en mi familia, y yendo más allá: como a veces la nostalgia por lo pasado borra los dolores del mismo. Bien dicen que los buenos momentos son los más que uno recuerda, por muchos o pocos que hayan sido. Y así se siente Belfast, como un agradecimiento de Branagh a sus padres por todo lo que hicieron para mantener un módico de normalidad y felicidad entre tanta tragedia, aunque eso le cueste peso narrativo al desarrollo de la película.

Buddy (Jude Hill) es un alegre chico de 9 años viviendo en uno de los barrios de Belfast, capital de Irlanda del Norte, cuando comienzan “Los Problemas”, una batalla sectaria que duró 30 años causando miles de muertes, heridos e incontables familias destruidas o separadas. Precisamente uno de los problemas de Belfast es su simplificación del peligro a un asunto de la minoría católica contra la abrumante mayoría protestante, a la que Buddy y su familia pertenecía, cuando incluía elementos políticos y sociales. Pero achaquemos eso a que Branagh intenta enfocar la crónica desde los ojos infantiles de Buddy, en lugar de defectos del guion (guiño de ojo).

Adicional a los disturbios – como si una guerra civil a dos calles de tu casa no fuera suficiente- los padres de Buddy, interpretados por Caitriona Balfe (Outlander) y Jamie Dornan (Fifty Shades of Grey), lidian con problemas económicos causados por falta de trabajo en la ciudad, deudas contributivas y la afición por las apuestas del padre, quien constantemente debe dejar la familia para trabajar en Inglaterra u otros países de Reino Unido. Esto los lleva a discutir la posibilidad de mudarse permanentemente a Inglaterra buscando mejor vida, lejos de los disturbios, a pesar que eso significa arrancar sus raíces, dejando atrás amistades, familia y lo conocido, incluyendo especialmente los abuelos, encarnados por Judi Dench y Ciarán Hinds, con quien Buddy recibe amor, e interminables consejos sobre la vida y, más importante, sobre conquistar a Catherine (Olive Tennant), la compañera de escuela que tiene a Buddy lleno de mariposas.

Aunque los eventos de Belfast ocurren en orden cronológico, Branagh los presenta en forma cuasi segmentada; más bien una colección de momentos atados entre sí por la memoria cinemática del también guionista. Es posible que lo hizo de esa manera representando la forma en que recordamos eventos del pasado, a pesar de que en instancias se siente como alguien contándote anécdotas a lo “y entonces ese día pasó esto, y el otro día ocurrió aquello otro”. Eso no evitó que disfrutara del filme, más bien se sintió extraño.

No será la película mejor hecha del mundo pero, entre las emotivas actuaciones de todo su elenco, las secuencias tensas durante esos aterrorizantes primeros días de “Los Problemas”, y el enternecedor cariño con el que Branagh empaca la historia, no pude evitar envolverme con Belfast, disfrutando sus mejores momentos, e ignorando sus defectos. A veces uno tiene que hacer eso para seguir adelante, “a la Irlandesa”.

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